miércoles, 30 de septiembre de 2015

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Alto al monopolio de la pareja


Cuando mi ex con el que alguna vez pensé casarme se enteró de que yo ya estaba con alguien más, me dijo con un nudo en la garganta: “Siento súper raro, nunca pensé decirte esto, pero espero que te haga muy feliz”. Recuerdo decirle que mi nuevo novio la tenía muy fácil porque yo ya era feliz. Que esta vez la historia era distinta, que me sentía muy relajada y en el mood de “si funciona, qué bien y si no, ya vendrá alguien más”. Que no había prisa, que esta vez ya no buscaba una relación para sentirme bien ni para llenar ningún vacío, que ahora me sentía de maravilla y por eso podía compartirme con alguien más sin ninguna presión ni exigencia.
Siempre he pensado que esperar que alguien más venga a hacernos felices, a alegrarnos la vida y a completarnos es retacarlo con un trabajo demasiado pesado. Poner en sus manos mi felicidad es arriesgarme a sentirme ansiosa o triste cuando no me contesta o no me llama, cuando está estresado por el trabajo y se porta indiferente o distante. Y por más frío que suene, la fuente de la felicidad no está en él.
Es injusto que la pareja se lleve el 95 % del contacto físico, dice Albert Espinosa, en su libro El mundo amarillo. Opina que no comprende lo poco que tocamos a nuestros amigos: “Alguien puede ser amigo tuyo y quizás no has superado jamás la barrera de los diez centímetros de cercanía, no le has dado jamás un largo abrazo. En la amistad está demasiado valorada la palabra, pero poco valorada en lo que respecta al sentirse, a la distancia física que separa a dos amigos.”
Y es que crecimos escuchando que el amor sólo viene de la pareja, que el amor de los amigos o de la familia no tiene el mismo peso. Que si estamos solteras, es que estamos solas y nos hace falta algo. Que las demostraciones de amor, los besos y abrazos, le tocan al novio dárnoslos. Y si hasta a Slim se le acabó el cuento con su monopolio en las telecomunicaciones, ¿por qué no hacemos nosotros lo mismo? Pongamos un alto al monopolio de la pareja. Abramos nuestra mente para entender que el amor no sólo viene de ahí, que en realidad está en muchas otras personas.
Es injusto hacerle pensar a las personas que alguien les va a dar todo lo que necesitan, que va a cumplir todos sus requisitos y de la forma que siempre han soñado, que el trabajo de su pareja es hacerlas sentir valoradas, queridas y respetadas. Y la cosa es al revés, al sentirnos así atraemos una persona que nos valore también.
No hay nada más rico que estar con alguien seguro de sí mismo, que le echa ganas y que se hace responsable de su propia felicidad. Cuando empecé a ver el amor de una forma mucho más libre, entendí que no se trata de estar juntos para ser felices sino de ser felices juntos.