viernes, 15 de mayo de 2015

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Confesiones de una mujer intensa


Este post va para todas las que han sido llamadas exageradas, intensas, “too much”, para las Sagitario, para las apasionadas, las entregadas, para las que viven como si no hubiese un mañana… Quiero decirles que no son las únicas, que les voy a contar algunas cosas que las harán sentir acompañadas en este delicioso trajinar que llamamos vida…
Tengo que confesar que el título de intensa me lo he ganado a pulso, a tropiezos y con el sudor de mi frente. Por ejemplo, he volado a otro país para reunirme con alguien que sólo vi una vez. He dedicado blogs enteros a personas que ni siquiera se sospechan protagonistas. En mis relaciones a distancia, he escrito una carta por cada día que pasamos separados y he viajado por más de 22 horas para reunirme con mi amado. He ido hasta la sierra y pasado fríos, he gastado mis ahorros, arriesgado mi trabajo y mi propia salud, por AMOR.
Aun cuando suene descabellado, de nada me arrepiento. Cada decisión impulsiva ha traído una fuerte dosis de aventura y de excitación. Y es que cuando estoy con alguien es porque me encanta, y si es así, no me lo como, yo DEVORO. Que voy por la vida con la intensidad que dejan tres cafés cargados y un Redbull en ayunas. Que entrego mi amor, mi tiempo y mi dedicación sin cautela ni reserva. Soy intensa. No me ando con medias tintas, conmigo es todo o nada, soy acelerada, bailo pegadito, beso duro y apasionado, me ilusiono rápido y me entrego completa.
Pero no siempre fue así. Supongo que todo comenzó cuando tenía 18 años y mi papá falleció súbitamente de un infarto. Me quedé con tantas cosas por decirle, tanto cariño por darle… que a partir de ahí me prometí a mí misma que no andaría por ahí ocultando mis emociones. Desde ese momento, me decidí a vivir al máximo, a sacarle todo el jugo, a probar, a decir SÍ, a abrirme a nuevas cosas… A dejar de censurarme por temor al qué dirán y a tratar cada experiencia como si fuera la última, porque así es.
Mi caudal emocional es intenso y profundo. Lo aprendí de Fat Joe con su frase “all or nothing, baby”. Lo aprendí en mis lecturas de puberta cuando me encontré con un libro de Paulo Coelho que decía que una caída del quinto piso duele igual que una del milésimo, y que si hay que caer, vale la pena que sea de bien alto. También lo aprendí de Penelope Stokes con su línea: “mi madre solía decir que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas. Déjalo salir a raudales –decía–. Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra”.
Y yo he caído. Por vivir así, tan intensamente, sucede que es imposible salir ileso. Mi corazón tiene tantas cicatrices como habitantes tiene esta ciudad, que se compensan con el puñado de historias que tengo para contar, con lo feliz que he sido.
Al final de cada tropiezo amoroso, no puedo evitar pensar en las sabias palabras de Warsan Shire: “Tú eres siempre demasiado intensa, aterradora en tu modo de quererlo, desvergonzada y sacrificada. Él te dice que ningún hombre puede llenar tus expectativas y tú trataste de cambiar, ¿me equivoco? Cerraste tu boca, intentaste ser más suave, más bonita, menos volátil, menos despierta… Y si al final él quiere irse, déjalo ir. Tú eres estremecedora, extraña y hermosa… algo que no todo el mundo sabe amar”. He encontrado consuelo en este poema más veces de las que me atrevería a aceptarlo. Me hace pensar que, de alguna forma, todo lo que he hecho no ha sido en vano, que en algún lugar existe alguien que sabrá apreciar lo que tengo para dar y mis ganas locas de comerme al mundo de un bocado.
Aún no entiendo exactamente cuál será la solución a esta desenfrenada forma de ir por la vida. Tal vez ni siquiera sea necesario resolverlo y más bien sea cuestión de aceptarme tal cual, de no restringirme. Y si fuera así, se trata de aprender a cuidarnos a nosotras mismas, de hacerlo con cariño y paciencia; de aprender a escoger nuestras batallas, de saber cómo canalizar tanta pasión, de ponerla en un sitio que se beneficie de la intensidad. Volcar por ejemplo, la tristeza en un escrito, la pasión en el trabajo, la alegría en un lienzo, la ansiedad en el gimnasio…
Y entonces uno entiende que no todo el mundo tiene la capacidad de abrirse o de entregarse tan ferozmente y que eso no está mal. Uno entiende que sí vale la pena porque los golpes y las decepciones son lo que vienen a darle saborcito a la vida. Y que, quizás, el problema no sea la intensidad de nuestro amor, sino la calidad de las personas a las que amamos.