martes, 7 de abril de 2015

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El verdadero propósito de la relaciones


El problema es que buscamos una relación para llenar vacíos, para despertar con un mensajito que nos alegre el día y así quizás sentirnos menos solos. Para tener quien nos abrace cuando hace frío o en los días de lluvia, para que sea nuestro acompañante en la boda de Juanito o  para tener con quien celebrar el 14 de Febrero, Navidad y Año Nuevo. Queremos una pareja para tener que contestar a la familia cuando preguntan si ya conocimos a alguien, para no ser los únicos solteros del grupo, para sentirnos queridos y que somos especiales para alguien…
Pero… ¿Qué pasaría si tuviéramos todo? Si ya no esperáramos a ese “gran amor” y realmente disfrutáramos lo que tenemos hoy. Si nos sintiéramos felices así. Si dejáramos de pensar que nos falta una pieza para estar completos. Si nos olvidáramos de lo que nos falta y nos enfocáramos en agradecer y apreciar lo que SÍ tenemos. ¿Elegiríamos con más cuidado con quien compartir nuestro tiempo? ¿En quién pensaríamos cuando nos sintiéramos completos?
¿Qué pasaría si nos acercáramos al otro con las manos llenas? Si dejáramos de preocuparnos por lo que nos van a dar y más bien nuestra intención fuera DAR. Si nos encargáramos de nuestra felicidad y nuestros sueños, en vez de esperar que alguien más nos venga a iluminar la vida.
Yo creo que las cosas serían muy diferentes. Al sentirnos queridos y felices, dejaríamos de exigir, de esperar o actuar por desesperación. Ya no toleraríamos malos tratos, ni rogaríamos por amor. Tendríamos la fuerza de retirarnos de las situaciones que nos hacen daño.

Las cosas cambian cuando logramos entender que el propósito de las relaciones no es  curar la tristeza o aliviar la soledad, sino más bien se trata de  pulirnos para hacernos mejores personas. Logramos conocernos realmente a través de los demás y al final terminamos enamorándonos de aquello a lo que le damos, no a lo que le quitamos o le sacamos provecho. Somos felices cuando nos volvemos la causa de la felicidad de alguien más. 
Un poco como la historia del Principito cuando les dice a las rosas:


“Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.
Y las rosas estaban muy incómodas.
- Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.

Ponle amor,
La Chica Bien